La modificación de la Ley de Glaciares no es un debate entre científicos; es una pulseada entre la vida y el balance contable. Al intentar redefinir qué es un glaciar y qué parte del ambiente periglaciar merece ser "salvado", se está ignorando la lección básica que el Perito dejó grabada en las piedras del Sur: la naturaleza es la reserva estratégica de la soberanía.
El mapa que se desdibuja
Moreno no veía los glaciares como obstáculos al progreso, sino como las fábricas de agua que permitirían el florecimiento de una nación desértica. Hoy, la propuesta de reforma busca "flexibilizar" las zonas de exclusión minera. Argumentan que hay que ser "pragmáticos". Pero, ¿qué hay de pragmático en dinamitar las nacientes de los ríos que alimentan nuestras ciudades y cultivos?
El retroceso de los hielos que el Perito bautizó ya es alarmante por el cambio climático. Sumarle a eso el impacto de la actividad industrial en áreas de permafrost es, sencillamente, un suicidio hídrico. Estamos rifando el tanque de agua de las futuras generaciones por una rentabilidad inmediata y volátil.
El veredicto de la historia
Si la ley se dobla para que entren las máquinas, la soberanía por la que Moreno tanto luchó se volverá una cáscara vacía. No hay soberanía posible sobre un desierto estéril. No hay bandera que flamee sobre un cauce seco.
Debemos reaccionar antes de que el desinterés se convierta en decreto. Porque si permitimos que el mercado dicte la geografía, el mapa que Moreno nos legó perderá su azul vital. Y entonces, lamentablemente, la Patagonia sin agua será solo un recuerdo en el mapa.