Hay una verdad que solo se percibe cuando se mira desde un metro de altura. Ocurrió este mediodía, frente a la Casa de Gobierno, mientras la ciudad crujía entre bocinazos, reclamos gremiales y una tensión que se podía cortar con un cuchillo. En medio de ese escenario, la inocencia —que de ingenua tiene poco— nos dio una lección de realidad que ningún analista político podría igualar.
"¿Es la cárcel, no?", preguntó un niño a su padre con la seguridad de quien identifica un refugio de sombras. Minutos después, su hermano remató la escena con una observación casi metafísica: "Están todos congelados ahí adentro".
El padre, en un intento pedagógico por sostener las instituciones ante los ojos de sus hijos, les explicó que allí reside quien gobierna la provincia, un hombre elegido por el voto popular. Pero la explicación oficial no pudo contra la percepción sensorial de los chicos.
El traje invisible del poder
La escena nos remite inevitablemente al cuento de Hans Christian Andersen, El traje nuevo del emperador. En el relato, todo un pueblo finge ver las vestiduras invisibles del monarca por miedo a parecer estúpido o incompetente, hasta que un niño, libre de prejuicios y compromisos, grita la verdad: "¡El rey está desnudo!".
Hoy, en Río Gallegos, ese niño vestía una capa de superhéroe. Y desde su mirada de "justiciero" en formación, no vio un palacio administrativo ni un centro de soluciones. Vio una cárcel. Vio gente congelada.
¿Acaso se equivocó? La "cárcel" que vio el pequeño puede ser el aislamiento de quienes, encerrados entre paredes de mármol y custodia policial, ya no escuchan el ruido de la calle. Es la prisión de la burocracia, donde los expedientes —como bien denunciaba SITFAL hoy mismo— duermen "congelados" para frenar el crecimiento de lo nuevo, mientras el tiempo de la gente corre a otra velocidad.
El frío que viene de adentro
La metáfora de los "congelados" es, quizás, la más dolorosa. Un gobierno que no reacciona ante el bocinazo de sus fuerzas de seguridad, que guarda silencio ante la angustia docente y que parece paralizado frente a una crisis que devora salarios, es, efectivamente, un gobierno congelado.
Es la parálisis de la política que se vuelve endogámica, que se mira el ombligo mientras afuera la realidad quema. Los niños no hablaban sin saber; hablaban con la pureza de quien todavía no ha aprendido a mentir para quedar bien.
El niño del disfraz de superhéroe no necesitó leer la Constitución ni los diarios para entender que algo en ese edificio está roto. Vio los muros, sintió la distancia y percibió la falta de calor humano en las decisiones.
Ojalá quienes habitan la "cárcel de cristal" tengan la humildad de mirar por la ventana. Porque hoy, la verdad no vino de un discurso oficial, sino de un pequeño con capa que, sin quererlo, nos confirmó que el emperador, efectivamente, camina desnudo y con el corazón bajo cero.