Mientras los rastrillajes por César Agustín Aguilar Pérez cumplen dos semanas de silencio entre las frías canteras de la Costanera, la Comisaría Sexta suma un nuevo y estremecedor enigma: la modesta casa de Alfredo Abel Morales Roa, un anciano de 81 años, quedó completamente vacía. Sin un día exacto de partida ni señales de violencia, la policía investiga a ciegas contra el tiempo y la helada patagónica.
El viento helado de agosto no da tregua en las calles de Río Gallegos, pero en la guardia de la Comisaría Sexta la atmósfera se siente aún más pesada. En la cartelera principal ya no hay una sola solicitud de paradero, sino dos rostros cruzados por la misma pregunta: ¿dónde están?
Por un lado, la angustiosa cuenta regresiva roza los 14 días sin novedad alguna. Son dos semanas enteras desde que la figura de César Agustín Aguilar Pérez se desvaneció sin dejar una sola huella. Mide 1,70 metros, es de tez morena y peina un cabello castaño canoso; la última vez que lo vieron vestía su infaltable jean azul gastado y una campera negra con capucha.
Desde entonces, el despliegue del Grupo Especial Zona Sur ha sido incansable. Móviles de rescates y cuadrillas a bordo de cuatriciclos abrieron surcos en el barro y la escarcha de la Costanera y el predio de las canteras. Rastrillaron metro a metro el terreno costero, pero la inmensidad del sector solo devolvió el soplido sordo del viento.
Una puerta forzada y la sombra de la soledad
Cuando el personal policial ya acusaba el desgaste de las jornadas de búsqueda, una nueva alerta volvió a encender las sirenas. Un joven se presentó en la seccional para denunciar que no tenía noticias de su abuelo. Se trata de Alfredo Abel Morales Roa, un hombre de 81 años que sobrevivía en la extrema humildad de un terreno ubicado en el pasaje Madres de Plaza de Mayo, en el barrio Náutico.
Alfredo no usaba celular. Vivía solo, acumulando maderas, chapas y recuerdos en un cotidiano aislamiento. Ante la sospecha de que hubiera sufrido un infarto o un accidente doméstico en la soledad de su hogar, una comitiva de la Comisaría Sexta, junto a peritos de Criminalística y la DDI, acudió de urgencia al lugar.
Al golpear la puerta, nadie respondió. Con la autorización legal correspondiente, los efectivos irrumpieron en la propiedad. Lo que hallaron adentro fue una escena helada: entre montañas de objetos apilados durante años, la vivienda estaba completamente vacía. No había signos de violencia, ni un desorden fuera de lo habitual, ni una nota de despedida. El abuelo simplemente había desaparecido.
Minutos después, la División Canes llegó al lugar. Los perros adiestrados olfatearon algunas prendas de vestir secuestradas del placard de Morales Roa para fijar su patrón aromático y salir a las calles, pero el paso de las horas y el clima adverso volvieron la pista difusa. Nadie sabe con certeza qué día cruzó esa puerta por última vez.
Una investigación contra el reloj
Sin un punto de partida preciso en el calendario para acotar la ausencia de Morales Roa, la labor de la DDI y de la Comisaría Sexta se transformó en una pesquisa minuciosa de hormiga. Los investigadores caminan el barrio tomando declaraciones a los vecinos y revisando minuciosamente horas de grabaciones de cámaras de seguridad públicas y privadas para intentar detectar el momento en que el anciano salió a la vía pública.
Hoy, la fuerza provincial encabeza dos carreras contra el tiempo en frentes simultáneos. Dos historias humanas atravesadas por el misterio, la soledad y la desesperada espera de una comunidad que exige respuestas.
Desde la Jefatura de Policía se reitera que cualquier información certera sobre el paradero de cualquiera de los dos ciudadanos debe reportarse de inmediato a la comisaría más cercana o a la línea de emergencias 911.