La madrugada del 17 de octubre de 2026, la Morgue Judicial de Río Gallegos recibió el cuerpo sin la documentación formal requerida para su acreditación. Sin remera, con los pies fríos y un silencio que abrumaba, el cadáver ingresó a las 05:12 horas. Hizo falta la intervención de Gendarmería Nacional para que, mediante huellas dactilares, la burocracia devolviera una identidad al expediente 36276/26: era Gilmar Claros Ferrel, un hombre de 35 años.
Pero ningún papel, sello ni etiqueta estatal iba a poder ocultar lo que las manos, los músculos y los huesos de Gilmar gritaban ante el bisturí de los médicos forenses. El informe oficial de la autopsia no es un frío trámite de oficina; es la radiografía exacta de un tormento que desmiente por completo cualquier versión de una simple descompensación o muerte natural.
Las señales de la violencia comenzaban en sus propias manos. Los peritos descubrieron en sus muñecas marcas circulares violetas acompañadas de pequeñas quemaduras en la piel —lo que técnicamente se conoce como placas apergaminadas— de exactamente diez por diez milímetros. ¿Qué significan? Que las esposas de seguridad no fueron colocadas con un procedimiento estándar, sino con un “gran dinamismo”, aplicando una fuerza brutal y oblicua que deshidrató la piel al chocar violentamente contra el metal.
El suplicio físico continuaba por todo su cuerpo. Gilmar tenía mordeduras en la mano izquierda, golpes en los brazos y marcas de dedos ajenos apretando con desesperación. Al revisar sus costillas, el horror se hizo evidente: tenía los arcos costales tercero, cuarto y quinto fracturados de ambos lados, acompañados de hemorragias internas. Sus pulmones, pesando mucho más de lo normal por causa de un edema severo, mostraban diminutos derrames que delatan una agonía en la que intentó, desesperadamente, capturar aire.
El punto más contundente y oscuro del informe se encuentra en el cuello. Para evitar errores o confusiones técnicas, los especialistas diseccionaron la zona con extrema cautela. Lo que hallaron bajo la piel confirma los peores temores: derrames de sangre masivos en los músculos y hematomas profundos en la zona de la garganta y la laringe. Aunque los cartílagos principales no llegaron a quebrarse, toda la estructura interna estaba rodeada por un violento componente hemorrágico.
Las conclusiones del Cuerpo Médico Forense no dejan lugar a dudas: la causa de la muerte de Gilmar fue asfixia mecánica por compresión cervical extrínseca por estrangulamiento. Su cerebro se quedó sin oxígeno de forma externa, violenta y deliberada. Los cálculos periciales ubican ese momento fatal entre 9 y 12 horas antes de la autopsia, justo en la franja horaria en la que se encontraba bajo la custodia policial en la Comisaría 7ª.
Mientras la Justicia aguarda los resultados complementarios y analiza las cámaras de seguridad y las declaraciones de los involucrados, el caso de Gilmar Claros Ferrel deja al descubierto una herida profunda. Aquel hombre al que intentaron ingresar sin identidad en los registros iniciales tenía una vida, y su muerte bajo la tutela del Estado plantea una pregunta ineludible que exige justicia inmediata: ¿cómo un vecino entró vivo a una dependencia policial y terminó perdiendo la vida de esa manera?