Cuando un funcionario de alto rango afirma que "el único culpable es el padre por descuidar a su hijo", está haciendo algo más que un descargo emocional. Está rompiendo una regla no escrita de la política tradicional: la de pedir disculpas por las fallas del Estado. Prodromos, por el contrario, invirtió la carga de la prueba.
Del "Estado responsable" al "Estado que señala"
Durante décadas, el manual de la seguridad indicaba que ante un hecho de sangre, el funcionario debía hablar de prevención, de mayor patrullaje o de cámaras. Prodromos eligió otro camino: el de la responsabilidad moral. Al decir que los padres "se ponen a llorar cuando es tarde", el Ministro apunta a una crisis de autoridad que, a su juicio, ningún patrullero puede resolver.
Este discurso conecta con un sentimiento de hartazgo social muy profundo. Gran parte de la comunidad, cansada de ver cómo el sistema de "puerta giratoria" o la falta de contención devuelve a los jóvenes al delito, encuentra en las palabras del Ministro un eco de sus propios pensamientos. Sin embargo, el planteo abre un interrogante peligroso: ¿Dónde termina la responsabilidad de la familia y dónde empieza la obligación del Estado de prevenir?
El Barrio 2 de Abril como espejo
El operativo "escalera por escalera" en el Barrio 2 de Abril no solo buscaba un arma Bersa 9mm. Buscaba demostrar control territorial. Pero la mención a la "mugre" y a los "15 o 20 que se hacen los guapos" revela una visión de seguridad comunitaria. El Ministro sugiere que el barrio está sucio y violento porque sus habitantes han dejado de cuidarlo. Es la aplicación criolla de la Teoría de las Ventanas Rotas, si nadie cuida lo pequeño, lo grande (el crimen) se adueña de todo.
La apuesta del "Ministro-Garante"
Un dato que no debe pasar desapercibido es que el presunto asesino se entregó ante el propio Ministro. Esto marca una personalización de la seguridad. El sospechoso no confió en la institución "Comisaría", pero sí en la figura política de Prodromos para "garantizar su integridad". Es una victoria comunicacional para el funcionario, pero una señal de alerta para la institucionalidad de la fuerza policial.
¿Mano dura o verdad incómoda?
Lo de Prodromos no fue un error de cálculo. Fue un mensaje político diseñado para el vecino que trabaja y que siente que el delincuente es hijo del descuido y no solo de la falta de oportunidades.
Al señalar a los padres, el Ministro se compra tiempo y autoridad, pero también se pone una vara alta: si el Estado ya identificó que el problema es la "falta de límites" en el hogar, la pregunta que sigue es qué hará el Gobierno para reconstruir ese tejido social, más allá de limpiar pasillos o secuestrar armas. La seguridad ya no se juega solo en la calle, ahora Prodromos la metió adentro de cada casa.
Al señalar a los padres, el Ministro ha corrido el velo de una verdad que muchos piensan pero pocos dicen. Sin embargo, este discurso de responsabilidad parental no puede ser un cheque en blanco para el Estado. Si la familia es el primer eslabón que falla, la seguridad y el desarrollo social deben ser el segundo para evitar que el joven caiga al vacío. Prodromos ha identificado el origen del incendio; ahora le toca demostrar que, además de señalar a quienes dejaron la hornalla encendida, tiene las herramientas para apagar el fuego antes de que vuelva a arder.