Detrás del uniforme, el sostén de la familia
Sábado, 4 de julio de 2026
Un mes de dolor, frío y dignidad en el reclamo policial
No son solo estadísticas ni expedientes judiciales. Detrás de cada policía acuartelado o en la "Carpa de la Dignidad" hay una familia que no llega a fin de mes, heladas patagónicas soportadas a la intemperie y el dolor de sentirse ignorados por el Estado al que prometieron defender.
Un mes. Treinta días enteros con sus treinta noches. Ese es el tiempo que ha transcurrido desde que la rutina de miles de hogares policiales en Santa Cruz cambió por completo. La mesa familiar ya no se junta en una cocina templada, sino alrededor del fuego de un tacho o bajo la lona de la "Carpa de la Dignidad", que ya es parte del paisaje céntrico. Ayer se cumplió el primer mes del inicio de las medidas de fuerza de los efectivos en actividad, y el panorama, lejos de traer alivio, duele por la indiferencia oficial.

Para el vecino común, el policía suele ser una figura abstracta: un uniforme, un patrullero, una jerarquía. Pero cuando se camina entre los manifestantes, el uniforme se diluye y aparecen los nombres propios. Aparecen las madres que estiran el sueldo para ver qué se almuerza mañana, los suboficiales con años de servicio cuyas zapatillas ya no aguantan otra costura, y los hijos que preguntan por qué papá o mamá pasan el día entero defendiendo un cartel en la calle en pleno invierno patagónico.

El frío que cala los huesos, la indiferencia que duele más
Soportar las temperaturas bajo cero de Río Gallegos a la intemperie requiere una templanza especial. Sin embargo, quienes sostienen la medida aseguran que el frío del clima es tolerable; lo que realmente cala los huesos es la frialdad de la respuesta política.

Escuchar discursos que tildan su lucha de "ilegal" o "politizada" cala hondo en el orgullo de hombres y mujeres que arriesgan su vida a diario. El pedido de un piso salarial de $2.200.000 no nace de la ambición, sino de la desesperación de ver cómo la inflación devora el esfuerzo de toda una vida. No hay banderas partidarias en las ollas populares que se arman para pasar el día; hay necesidad real.

"A nosotros nos duele estar acá. Nosotros queremos estar cuidando a los vecinos, en la calle, haciendo nuestro trabajo. Pero no podemos volver a casa y mirar a nuestros hijos a los ojos sabiendo que no nos alcanza para la comida o el alquiler. Nos empujaron a esto", confiesa con los ojos vidriosos un efectivo en actividad que prefiere resguardar su identidad por temor a las represalias.

La dignidad como único refugio
A lo largo de este mes, estas familias han tenido que lidiar con la presión psicológica: la amenaza latente de sumarios administrativos, las idas y vueltas de cinco mesas salariales que solo trajeron promesas vacías, y la tristeza de ver cómo se intenta criminalizar su protesta mediante denuncias penales.

A pesar del desgaste físico y mental que significa un mes de conflicto, la solidaridad interna es lo que los mantiene en pie. El vecino que acerca un termo de agua caliente, el comerciante que dona leña, el abrazo contenedor entre un policía retirado y uno que recién empieza su carrera.

El conflicto aún no se destraba, y la incertidumbre pesa cada vez más en el alma. Pero en medio de tanta tensión e indiferencia, las familias policiales de Santa Cruz están dando una lección que no figura en ningún manual de paritarias: la de mantener la dignidad intacta cuando lo único que queda por defender es el derecho a vivir dignamente.
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