Dicen los que saben que el viento patagónico suele aislar a la gente en sus casas, pero hay una sola fuerza en el universo capaz de romper esa regla dorada: la Selección Argentina. Apenas el cronómetro del partido llegó a cero, las calles de Río Gallegos no solo se poblaron; se convirtieron en un verdadero carnaval a cielo abierto, tiñendo el asfalto gris con los colores de la ilusión.
El epicentro, como manda la historia local, fue la esquina de la Avenida Néstor Kirchner y San Martín. Pero el festejo empezó mucho antes de llegar ahí. Empezó en el vecino que salió a la vereda a gritar el gol con el puño cerrado mirando al cielo, en los autos que improvisaron una caravana ruidosa desde los barrios más alejados, y en el ritual de abrigarse a contrarreloj para salir a copar el centro.
Río Gallegos demostró, una vez más, que cuando juega la Selección el frío se olvida en el ropero. Fue una noche de desahogo, de sonrisas compartidas entre desconocidos y de una caravana que dejó en claro que la pasión albiceleste late con una fuerza imparable en el corazón de la Patagonia. (PH: La Opinión Austral)