Hoy se escucharon las voces de quienes están allí, al pie del río, sosteniendo a esos padres golpeados por la tragedia. Y la realidad que relatan dista enormemente de la versión vertida desde las esferas gubernamentales. Se habló de un despliegue multitudinario, de más de un centenar de efectivos abocados al rastrillaje; sin embargo, al mirar la inmensidad del curso de agua y el horizonte donde se pierden las vueltas del río, la soledad es abrumadora. No hay un centenar de agentes. No hay patrullajes a caballo recorriendo las márgenes. La búsqueda descansa sobre el esfuerzo sobrehumano de apenas tres buzos que, desde las seis de la mañana, entregan hasta su último aliento sin contar siquiera con el suministro adecuado de oxígeno para prolongar su labor. Son seres humanos agotados, dejados al límite de sus posibilidades por la falta de recursos técnicos y logísticos.
Pero el malestar no acaba en el escaso operativo desplegado. Lo que resulta incomprensible e inaceptable es el cerco perimetral e insensible que las autoridades han impuesto en la zona. No solo se bloqueó el trabajo de la prensa para visibilizar lo que verdaderamente ocurre, sino que se impidió el paso a familiares, amigos y vecinos que intentaban descender para asistir con alimentos, abrigo y contención a esos padres golpeados que se niegan a despegarse de la orilla. El temor a ser bloqueados si se alejan un instante los mantiene rehenes de un cerrojo gubernamental que desconecta la empatía del deber público.
"La gente quiere ayudar, pero el gobierno no lo permite. Solo queremos que acepten la ayuda para que finalmente encontremos a los chicos", sintetizaba un vecino de la joven pareja. La comunidad de Río Gallegos y sus alrededores ha demostrado históricamente su capacidad de unirse en momentos de crisis. Negar la colaboración espontánea, bloquear el auxilio humanitario básico para quienes velan a la orilla del agua y maquillar la escasez de recursos con cifras irrealizables no hace más que profundizar el dolor.
A tres días de la desaparición de los menores, no hay tiempo para posturas ni para sostener relatos oficialistas. Lo que se exige desde el lugar de los hechos es simple y urgente: humanidad, transparencia, la optimización inmediata de los medios de rescate y, por sobre todo, la humildad suficiente por parte del Estado para aceptar el abrazo y la ayuda de una comunidad dispuesta a colaborar hasta encontrar a los dos pequeños.