Lo que comenzó como una tarde de tensión terminó en una noche de caos absoluto en la Alcaidía de Puerto Deseado. Un violento motín, iniciado cuando caía el sol, puso en jaque a las fuerzas de seguridad y mantuvo en vilo a toda la comunidad.
La revuelta estalló con una violencia inusitada. Los internos, armados con objetos contundentes y elementos punzantes, ganaron terreno dentro de la unidad de detención y desataron el fuego. Las llamas de los colchones quemados iluminaron de forma siniestra las ventanas del penal, mientras columnas de humo negro envolvían el edificio y alertaban a los vecinos sobre la gravedad de lo que ocurría intramuros.
Una irrupción necesaria entre las llamas
Con el avance de las horas y el fracaso de cualquier intento de mediación, el escenario se volvió crítico. Mientras la División Cuartel Cuarta de Bomberos combatía los focos ígneos para evitar que el edificio colapsara, las fuerzas policiales recibieron la orden de intervenir.
La irrupción fue violenta y directa. Entre el humo asfixiante y la oscuridad de la noche, los efectivos ingresaron por la fuerza, enfrentándose a los amotinados que resistían con todo lo que tenían a mano. Tras minutos de extrema tensión y forcejeos, el personal de seguridad logró reducir a los internos y retomar el control de los pabellones.
Ambulancias y fuerte custodia
Consumada la recuperación del penal, la noche continuó con un operativo sanitario de urgencia. Bajo una custodia reforzada, los amotinados comenzaron a ser trasladados hacia el hospital local para ser evaluados.
Aún en el cierre de esta jornada, el clima en los alrededores de la Alcaidía es de una calma frágil. Los destrozos dentro de la unidad son cuantiosos y los motivos del estallido siguen siendo un misterio, aunque el mensaje es claro: la crisis en las cárceles de Santa Cruz ya no se puede ocultar y hoy, en Puerto Deseado, estuvo a punto de terminar en una catástrofe.